miércoles 23 de noviembre de 2011

No te atrevas a olvidarme.

Ella apoyó sus delicadas facciones sobre el pecho desnudo de él. Siempre le agradó sentir los latidos acelerados de la pasión. Cruzó su pierna por sobre las de él, como queriendo quedárselo para sí misma, como mezquinándoselo a la vida.
Sus encuentros eran cada vez más fugaces y distantes. Él prometía cíclicamente dejar todo para abandonarse a ella, pero sabía muy bien que nunca iba a hacerlo. Disfrazó su egoísmo mientras pudo, pero cada vez sentía menos margen para desnudar su verdad. Su conciencia, el temor a generar más dolor, la cobardía, se hicieron uno y lo empujaron a actuar impunemente.
Ella le lanzó un “te amo” repleto de “te necesito”; él apenas le sostuvo la mirada, la abrazó fuerte y dejó escapar media sonrisa.
- “Antes tu sonrisa era completa”, suspiró ella.
Tampoco tuvo palabras. Se levantó y empezó a vestirse lentamente, como si de su última voluntad se tratase.
-“¿Cuándo nos vemos?”, alcanzó a decir ella.
-“Yo te mando un mensaje”, le respondió él, reduciéndola a la más servil expresión humana.
Ella se incorporó rápidamente, corrió los pocos pasos que la separaban de la puerta, se colgó del cuello, lo besó intensamente y al oído le dijo: -“No te atrevas a olvidarme”.
Él le dio la otra media sonrisa, la miró con ojos de última vez, abrió la puerta y abandonó la habitación, dejándola sola con sus fantasmas y miserias.
-“No te atrevas a olvidarme”, repitió, casi como un ruego al mundo, mordiéndose los labios, esta vez para sí misma y de un modo poco audible.
-“No te atrevas a olvidarme”, insistió, mientras las lágrimas de quien se sabe ya olvidado se empujaron para regar su rostro.

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